La Sociología en la Educación y sus asignaturas pendientes


La Sociología se ha convertido, prácticamente, en la única perspectiva desde la cual se procesa el debate educativo en Uruguay.


 

No solo en el campo académico, sino en el de los organismos de gobierno del sistema educativo formal y en el de los medios de comunicación de masas, el tipo de información que se maneja sobre educación, es casi exclusivamente de tipo sociológico.

Son varios los factores que explican este avance paulatino pero constante y posiblemente irreversible de la disciplina: La carencia o pobreza de otros enfoques provenientes de disciplinas académicamente menos desarrolladas, la alta calificación de muchos sociólogos que han logrado una inserción laboral favorable en entes educativos, la claridad y contundencia que logran las mediciones sociológicas, y, sin duda, también, una cierta pereza a la hora de interrogar cuestiones educativas más complejas por parte de comunicadores sociales de todo tipo de medios. En los hechos, ni la pedagogía, ni la didáctica, ni el currículo, ni la psicología, están presentes en los debates. En esto, la Sociología, parece reinar sin rivales a la vista.
Sin embargo, desde el campo educativo, la Sociología, sus profesionales y sus métodos, son mirados, con frecuencia, con recelo. Algunos, les atribuyen una perspectiva excesivamente técnica -cuando no tecnocrática- y el abuso de unos métodos demasiado centrados en cuantificaciones y en mediciones de aprendizajes que no atienden al proceso educativo y a los objetivos superiores de la educación. Otros, los acusan de hacerse eco, de modo acrítico, de los lineamientos políticos y estratégicos de la agenda internacional delineada por los organismos multilaterales de crédito, o de otras potencias mundiales. Otros más, simplemente, parecen reprochar a los sociólogos el atrevimiento de incursionar en un terreno que no les pertenece.
No es fácil desarrollar un trabajo científico en oposición o en conflicto más o menos tácito, con aquellos actores sociales sobre los cuales versa. Pero tampoco lo es, cuando muchos de sus resultados son interpretados, no como un diagnóstico más o menos adecuado a un estado de situación determinado, sino como una realidad inmodificable y a veces, como un “deber ser” del sistema educativo, cuando no del sistema capitalista en su conjunto. La mayor repetición y abandono escolar de los niños de hogares pobres, por ejemplo, está lejos de ser una realidad inmodificable, o la prueba de que la escuela necesariamente genera, reproduce y legitima la desigualdad pre existente en la sociedad. Por el contrario, señala la incapacidad circunstancial de la institución para cumplir con los fines que se ha propuesto: la distribución equitativa de conocimientos y habilidades entre todos los niños de todas las clases sociales. Esto exigiría, por lo tanto, tomar medidas de tipo curricular, pedagógico, didáctico, organizativo, para disminuir o eliminar el peso de la clase social sobre el destino educativo de las nuevas generaciones. La escuela no puede ni debe rendirse ante la evidencia de la desigualdad social. Pero esto, claro está, no es un problema solo sociológico, sino educativo, político y ético, que requiere además el concurso de todas las voces y todos los ciudadanos.
La Sociología también se encuentra ante el desafío de ampliar y diversificar su perspectiva sobre el campo educativo. La Sociología que captura la atención de los medios y del público, es solo una de las varias Sociologías posibles, una Sociología de las poblaciones del mundo educativo; casi una demografía escolar: cuántos ingresan, egresan, abandonan, de qué quintiles de ingreso, etc. Las tasas de cobertura, repetición, abandono, egreso, no son más que una cuantificación relativa de poblaciones. Varios investigadores, entre los que me encuentro, hemos tratado de conjugar esta información con el análisis de procesos de interacción en el aula, el tipo de conocimiento y reconocimientos que se intercambian en el espacio escolar, las representaciones de los jóvenes y adultos sobre su vida en el sistema, y otros aspectos que hacen a la vida de los centros educativos. Pero hay muchas más Sociologías a desarrollar. Aquí no hay, realmente, una Sociología del currículo, o de la organización escolar y muy escasamente se han abordado las carreras docentes. Todas ellas son indispensables para lograr una visión completa del aparato educativo, de los contenidos y las formas del enseñar, que son temas notoriamente ausentes de los medios y del debate.
Aunque goza de buena salud, la Sociología de la Educación tiene mucho camino por delante. Le toca crecer, diversificarse y convocar a muchos más investigadores en muchos más ámbitos, no solo en este desde el cual escribo. Pero su función como ciencia crítica no estará cabalmente cumplida si no es en diálogo con las múltiples perspectivas que otras disciplinas y actores que confluyen en tomar al campo educativo como su centro de interés

 

Adriana Marrero

Esta columna fue publicada originalmente en Montevideo Portal. Marrero es Doctora en Sociología, Departamento de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar.


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